NAINFITA PEINES Y LA PROFUGA DESDICHADA.
CAP 5.Hogwarts se queda vacío... o no tanto
El 1 de junio llegó tan puntual como el Expresso de Hogwarts para recoger a los estudiantes. Las vacaciones acaban de empezar, y todos estaban deseando marcharse, aunque mas bien, casi todos, los Pervers odiaban esa separación, eran una piña y estar tres meses sin verse les apenaba. No obstante, decidieron que ese verano irían a la Doxybeach, un lugar cerca de la playa donde Doxycris tenía una gran casa para alojar a sus amigos pervers. Era la excusa perfecta para reunirse.
Dumbledore estaba preocupado: iba a permitir que Nainfita regresara al orfanato y temía de lo que ella fuera capaz, ahora que tenía magia. No obstante, no le extraño que Camelia Sangronia le comunicara por escrito, y no en persona, que se la llevaría con ella a Neversweet, su ciudad natal. Dumbledore no sabía que era peor de las dos opciones, y acabó dando su consentimiento para proteger a las pobres chicas del orfanato, aunque sabía que si se negaba, aparte de que ésas corrieran peligro, Camelia recurría al ministro de magia y éste sin duda intervendría a su favor. La petición en sí era algo burocratico, cuando quien la solicitaba sabía de sobra la respuesta.
Los Pervers y el resto de alumnos desalojaron Hogwarts y se metieron en el tren. Los Pervers vieron el sitio vacío de Lord_Chris, su lider, y de Kalimera, tristemente desaparecida, las nuevas adquisiciones de ese año: Laura88 y Jenia, intentaron llenar ese vacío que se sentía e hicieron lo posible para romper los silencios incómodos.
Una chica de Ravenclaw cruzaba por el pasillo del tren, tropezando con el carrito de las chucherias, y metiendose varias cucharas en la túnica. La vieja propietaría se quedó extrañada, ya que si su memoria no le fallaba, quien hacia eso siempre era una chica de Hufflepuff y nunca le recriminaba, sino que se lo tomaba con humor.
El tren abandonó Hogwarts acelerando su marcha dejando una larga fila de humo blanco a sus espaldas, mientras Nainfo caminaba todo orgullosa con Camelia Sangronia hacia una limusina. Detrás de ella iban Karkas y Anselmus, mientras que tres elfos domésticos cargaban como podían con el enorme equipaje de los cinco. Nainfita estaba sorprendida: ese verano no iba a regresar al orfanato y la profesora Camelia iba a acogerla personalmente en su casa. Le había prometido enseñarle su ciudad y ya de paso perfeccionar su magia. Aunque soberbia como ninguna, Nainfita ignoraba en realidad los verdaderos motivos de Camelia para llevarsela. Ignoraba todo lo relativo a su pasado, bien conocido por la inquisidora estreñida, que procuraba que quedara bajo llave, por el bien de la chica, ya que aun no era el momento idoneo de hacerla partícipe de una serie de hechos.
La alegría, el júbilo, el ruido por los pasillos de Hogwarts, se esfumó en cuestión de horas. Reinaba el silencio mientras Filch junto a la señora Norris comenzaba a cerrar las puertas y los elfos domesticos comenzaban a limpiar.
Lord_Chris permanecía en su cuarto, acariciando el pico de Arwen, su lechuza. Como todos los años, el Lord_Amarillo no regresaría a la mansión de su familia, permanecería en secreto en Hogwarts, situación de la que ni los Pervers tenían constancia. Lord_Chris tambien tenía un pasado, del que apenas sabía nada, y cuyo guardían no era Camelia, sino el mismo Albus Dumbledore.
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El sol empezaba a asomarse por la decadente mansión de los Burgonshon, o más bien de una familia en la que se ciñó con sarna la desgracia y cuyos descendientes había muerto de pena, salvo uno. Lucía entornó los ojos y se desperezó mientras los primeros rayos del sol penetraban en sus azules pupilas. Escuchó ruido y rápidamente se escondió. No tenía su varita a mano para defenderse y apenas tenía fuerza para enfrentarse a cualquier desconocido. Escuchaba un silbido que le resultaba familiar, acompañado del sonido de un chirrido que supuso que era producido por las ruedas de un viejo carrito al deslizarse por el suelo. Varias puertas se oyeron cerrarse mientras que el sonido de unas llaves se silenció mientras la señora mayor las depositaba en su bolsillo.
Su corazón palpitaba a toda velocidad, la habían descubierto, vendría a por ella un carcelero, era su fin. No quería regresar a Azkaban de nuevo, ella era inocente y había aguantado demasiado allí. Los minutos pasaban, esa presencia estaba allí, la espera se hacia insoportable, se armó de valor y tomó un candelabro de plata que chocó contra sus grilletes mientras se lamentaba de esa torpeza y agazapada, volvía a esconderse.. hasta que Lucía comprobó que el desconocido era en realidad una vieja señora al penetrar en el mismo cuarto que ella. Timidamente deseó que ni su respiración la delatara, pero fue imposible.-Señorita Lucía, sabía que tarde o temprano volvería, aunque ha tardado demasiado-dijo la señora mayor, mientras limpiaba el cuarto de espaldas a ella y tomaba un paño del bolsillo de su vestimenta de doncella.
Esa voz le resultaba familiar. Lucía la recordaba, pero ya la había descubierto y era una tontería mantenerse ahi. Se levantó lentamente pero sin soltar el candelabro.
-A su madre, que en paz descanse, no le gustaría que utilizara uno de los objetos de sus antepasados, del que presumía y se sentía orgullosa, como arma para hacer daño a alguien.
Lucía abrió los ojos sorprendida y se dio cuenta que la señora llevaba razón. ¿Como podía saberlo? ¿Quien era esa señora? ¿Por qué no la atacaba en vez de seguir limpiado? ¿Era una estratagema para confundirla y luego atacarla por sorpresa?
La señora mayor se giró y reveló así su rostro. Debía de tener unos cincuenta años ya avanzados, con un recogido en su cabello rojizo y una peca que aun se dejaba notar entre las arrugas de su rostro. ¡Lucía la conocía! ¡Era madame Lopera, la más joven de las sirvientas que trabajaba en su mansión antes del suceso que la obligaría a dejarla para ingresar en Azkaban!
-Señorita Lucía, no tenga miedo, no pienso delatarla. Nunca pensé que fuera una asesina, pero la palabra de una vulgar criada no sirve de nada en los tiempos que corren.
-¿Madame Lopera?-preguntó Lucia a media voz. Hacía tiempo que ni ella misma se había escuchado ni mucho menos dialogar con alguien, imposible en su fría celda de Azkaban.
-Así es, señorita Lucía, pero llameme Ivana-contestó-.
Algo en su interior le decía a Lucía que podía confiar en ella, aunque estaba claro que habían pasado muchos años, y era la única persona de su pasado que parecía serle leal aun sabiendo todo lo que pasó. Una ola de tranquilidad invadió el corazón de Lucía, e hizo inmediatamente algo que ni ella misma recordaba: sonreir.

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